Hugo Che Piu Deza
Derecho, Ambiente y Recursos Naturales
Cada vez que estoy en la Amazonía y me toca cantar el Himno Nacional, me embarga una contrariedad cuando entono “…A su sombra vivamos tranquilos. Y al nacer por sus cumbres el Sol…” ¿De qué cumbres ves nacer el Sol cuando amaneces en la Amazonía? Sin duda es un himno pensado desde la costa, que tiene dificultades para ver la Amazonía más allá de la sombra de los Andes. Normalmente, cuando hablamos del fenómeno El Niño y sus impactos, es muy difícil ver más allá de la costa y, qué decir, ver por la Amazonía.
Hoy, todos estamos hablando de la emergencia del fenómeno El Niño, de sus torrenciales lluvias y de los amenazantes escenarios de inundaciones y desbordamientos de ríos. Casi todas las preocupaciones se ciernen sobre la costa peruana y, en especial, sobre la costa norte. Hemos escuchado muchísimas veces que no será solamente un Niño Costero sino también un Niño Global. Pero ni siquiera esta palabra “global” nos lleva a pensar más allá de lo “costero”. El fenómeno El Niño también se cierne como un peligro mortal e incluso con impactos potenciales de mucho más largo plazo en la Amazonía.
En el reciente mensaje a la Nación,la presidenta Keiko Fujimori, habló de la amenaza del cambio climático y el fenómeno El Niño. Allí manifestó la urgente preocupación por pasar de la reacción tardía a la prevención oportuna. Habló de cómo este fenómeno tiene el potencial de sembrar la miseria en el norte, el centro y el sur de nuestra patria. Pero cuando habló de las medidas urgentes, se centró únicamente en la costa: descolmatación masiva de ríos, construcción de defensas ribereñas y protección de cuencas. Un mensaje a la Nación no da espacio para explayarse sobre las distintas medidas que se requieren adoptar. Pero señora Presidenta, señor Premier y señores Ministros, la Amazonía es tan vulnerable al fenómeno El Niño y requiere su preocupación, atención y acción, al igual que el resto del Perú.
Ya es conocido por muchas instituciones públicas (CENEPRED, SENAMHI, MINSA, SERNANP, SERFOR, etc.) que los fenómenos de El Niño provocan en la Amazonía olas de calor y sequías, que generan condiciones propicias para incendios forestales y para crisis alimentarias, sanitarias y económicas. Muchas de estas crisis ocurren lejos de los centros urbanos, por lo que son poco conocidas y reciben menos atención. Otros de sus impactos, pueden ser aún más graves por los riesgos que presentan para los pueblos indígenas en aislamiento y para la diversidad biológica. Todos los que viven, trabajan y aman la Amazonía tenemos que alzar nuestras voces, unir nuestros hombros y encender nuestros cerebros para responder a estos riesgos. Lo que ya sabemos, ya hacemos y ya tenemos puede ser de gran ayuda para la respuesta del Estado peruano frente al fenómeno de El Niño en la Amazonía. La prevención, la respuesta y la recuperación deben ser tareas no solo del gobierno, sino también de las empresas, la academia, la sociedad civil y las comunidades.
Las sequías.
En contraste con lo observado en la costa, el fenómeno El Niño en la Amazonía se manifiesta más bien mediante sequías (Costa et al., 2024; Espinoza et al., 2014). Las sequías más severas en la Amazonía se relacionan con el incremento de las temperaturas en la superficie del mar en el Pacífico ecuatorial (fenómeno El Niño), así como en el Atlántico norte tropical (Costa et al., 2024). Cuando se combinan ambas, las sequías provocadas por el fenómeno El Niño se ven agravadas por las provocadas por el calentamiento del Atlántico tropical norte, que desde finales de los años ochenta, se ha vuelto más cálido de lo usual (Espinoza et al., 2014; Lozano Wong, 2025).
Esta grave disminución de la humedad de la cuenca amazónica, afecta el proceso regular de evapotranspiración que sucede en los bosques y detiene los caudalosos flujos de agua en forma de vapor (ríos voladores) que alimentan de humedad a buena parte de Sudamérica (Costa et al., 2024; Humerez Alvez, 2026). Esto puede causar variaciones importantes en la precipitación, afectando la estacionalidad y los ciclos de inundación y sequía en la región amazónica (Espinoza et al., 2014). Tales variaciones tienen consecuencias directas en la reproducción de peces, la productividad de los bosques, la seguridad alimentaria y la salud de las poblaciones que habitan el bosque, especialmente de los pueblos indígenas (Lozano Wong, 2025).
Las olas de calor.
Estas sequías, cada vez más frecuentes y características, reemplazan los ríos voladores por olas de calor extremo (Costa et al., 2024). Además, el cambio climático está incrementando la frecuencia e intensidad del calor extremo a nivel global, con impactos severos en la salud humana (Takahashi et al., 2025; UNICEF, 2023). En Perú, estudios han proyectado que bajo escenarios de cambio climático, la Amazonía experimentaría calor peligroso y mortal de manera casi permanente (Takahashi et al., 2025). Según dichos estudios, en la Amazonía, las condiciones de calor peligroso y mortal dejarían de ser fenómenos esporádicos u “olas” de calor para convertirse en un fenómeno habitual.
Lo ocurrido durante el año 2024, uno de los más cálidos desde la época preindustrial, puede servir de buen referente del impacto de las sequías en la Amazonía (Costa et al., 2024; Finer et al., 2025). Al alterar los patrones climáticos, El Niño reduce drásticamente las lluvias y eleva las temperaturas locales, lo que elimina la humedad natural del bosque tropical y lo convierte en un ecosistema altamente vulnerable al fuego (Costa et al., 2024; Humerez Alvez, 2026). El aislamiento, el desabastecimiento y los incendios que ocurrieron como consecuencia de la terrible sequía del 2024 deben ser los niveles de calor que pueden repetirse durante 2026 y 2027.
Los incendios forestales.
Si bien la mayoría de los incendios forestales ocurren en la región andina, e históricamente, las regiones amazónica y costera presentaban una baja y muy baja ocurrencia (Samamé Saavedra, 2023; Zubieta, 2021). Las sequías en la Amazonía provocadas por El Niño provocan disminución de la humedad, la caída de hojas y la muerte de árboles, lo que acumula material seco y altamente inflamable en el suelo forestal (Costa et al., 2024). Estas condiciones secas facilitan que los fuegos causados por los humanos (principalmente provocados para limpiar tierras agrícolas) se escapen y quemen áreas de bosque primario que normalmente estarían protegidas por su propia humedad interna (Costa et al., 2024; Humerez Alvez, 2026).
La severidad de los incendios forestales se ha disparado drásticamente durante los eventos más intensos de El Niño, superando récords históricos (Finer et al., 2025). Los incendios de gran escala no solo destruyen la biodiversidad de forma inmediata, sino que también alimentan un círculo vicioso de degradación en el que el bosque pierde permanentemente su capacidad de generar su propia lluvia, lo que amenaza con convertir el bosque tropical en una sabana árida (Humerez Alvez, 2026). Los análisis de 2024 revelan que el impacto combinado de los fenómenos extremos de El Niño y el cambio climático superó con creces los máximos históricos de eventos anteriores, como el icónico El Niño «Godzilla» de 2015-2016 (Finer et al., 2025).
Los friajes.
Durante la fase cálida de El Niño, se alteran la trayectoria y la frecuencia con la que los frentes fríos avanzan desde el polo sur hacia el ecuador (Lozano Wong, 2025). Cuando un frente frío o friaje ingresa durante un año de El Niño, el choque térmico es mucho más violento debido a la alta temperatura de fondo, lo que provoca caídas abruptas de la temperatura en pocas horas. La masa de aire frío polar, al chocar con el aire cálido y seco típico de los periodos de El Niño, desencadena tormentas eléctricas, lluvias de corta duración pero de alta intensidad y ráfagas de viento que pueden superar los 50 km/h. Cuando los friajes llegan durante sequías impulsadas por El Niño, los fuertes vientos iniciales del frente frío pueden propagar incendios forestales antes de que la masa de aire seco se establezca (Samamé Saavedra, 2023; Zubieta, 2021).
Además de los cambios más abruptos, durante El Niño aumenta la frecuencia de los friajes. En la Amazonía peruana se registran entre 6 y 10 friajes al año, principalmente de mayo a septiembre (Lozano Wong, 2025). Sin embargo, bajo condiciones de alta variabilidad atmosférica o de bloqueo de los patrones del Anticiclón del Pacífico Sur, esta cifra puede superar los 20 eventos al año. Se estima que cerca de 1.3 millones de personas en la selva peruana viven en zonas con alta vulnerabilidad a los friajes, donde la caída abrupta de temperatura impacta la salud respiratoria, la producción agrícola y la acuicultura local (UNICEF, 2023).
Las crisis de salud.
Durante las sequías severas, se obliga a las familias a almacenar agua en contenedores que, si carecen de protección o higiene, terminan convirtiéndose en focos críticos para la reproducción de vectores del dengue, chikungunya y zika (Portugal-Benavides, 2023; Takahashi et al., 2025). En periodos de caudales más bajos en los ríos, la precariedad de los servicios básicos obliga a la población a abastecerse de fuentes de agua con alta carga bacteriana (UNICEF, 2023). Asimismo, el calor sofocante propicia la proliferación de agentes causantes de diarreas agudas y de cólera (MINSA, 1998; Portugal-Benavides, 2023). Las olas de calor agravan drásticamente las amenazas de deshidratación severa, de crisis cardiovasculares y de los temidos golpes de calor, poniendo en riesgo crítico la vida de los ancianos y de la infancia amazónica (MINSA, 1998; Portugal-Benavides, 2023; Takahashi et al., 2025). Estas condiciones extremas, generan cicatrices emocionales indelebles. Las condiciones de precariedad generan cuadros de estrés postraumático, ansiedad y depresión que socavan el bienestar de las familias en la región (Portugal-Benavides, 2023).
En los territorios de selva, El Niño también se manifiesta mediante caídas violentas de la temperatura, impulsadas por masas polares. Este choque térmico dispara las infecciones respiratorias y las neumonías, golpeando con dureza la salud de las poblaciones amazónicas (MINSA, 1998; Portugal-Benavides, 2023). Donde los friajes ocasionan mayor disminución relativa de la temperatura ambiental, se genera mayor riesgo de infecciones respiratorias agudas (MINSA, 1998; Lozano Wong, 2025). Adicionalmente, el humo por incendios degrada drásticamente la calidad del aire. Esta contaminación ambiental se traduce en picos críticos de hospitalización infantil por graves afecciones de las vías respiratorias (UNICEF, 2023). Es peor en las zonas rurales, donde, en razón de su dispersión y condiciones geográficas, se dificulta el acceso a los servicios de salud (UNICEF, 2023). Además, los descensos bruscos de temperatura alteran el comportamiento de animales silvestres. Estas condiciones propician el estrés en los murciélagos hematófagos, con el consiguiente aumento de mordeduras en las personas y posibles brotes de rabia silvestre (MINSA, 1998).
El aislamiento parcial.
El Niño suprime fuertemente las lluvias, provocando descensos históricos en los niveles de los ríos y aislando a cientos de miles de personas que dependen del transporte fluvial (Costa et al., 2024; Espinoza et al., 2014). Esto es mucho más visible en ciudades grandes como Iquitos, que, debido a los descensos de los caudales del Amazonas, Nanay e Itaya, ha quedado parcialmente aislada en varias ocasiones (Lozano Wong, 2025). Este aislamiento dificulta el transporte fluvial de suministros vitales, disparando los costos de los productos de primera necesidad, el combustible y comprometiendo gravemente la salubridad y el acceso al agua potable. Esto obliga a las embarcaciones a navegar por canales sumamente estrechos y sinuosos, incrementando el tiempo de viaje y haciendo que el transporte de productos sea mucho más costoso (Costa et al., 2024; Espinoza et al., 2014). Las poblaciones más lejanas y dependientes del transporte fluvial, quedan desprovistas de asistencia sanitaria y sin acceso a suministros alimentarios esenciales. Estos impactos son más graves, pero a la vez más desconocidos y menos considerados.
Además, los incendios pueden contribuir de manera significativa a este aislamiento de la Amazonía. Durante los incendios de 2024, Pucallpa tuvo que cerrar el aeropuerto David Abensur Rengifo debido a la densidad de la humareda causada por incendios forestales, que impedía el aterrizaje y despegue de aviones. A la vez, esos mismos incendios han cubierto de humo y afectado el tránsito vehicular de la carretera Federico Basadre.
La crisis alimentaria.
El Niño altera profundamente la seguridad alimentaria de las poblaciones amazónicas, afectando la producción local y disparando los precios de los productos traídos fuera de la región (Lozano Wong, 2025). Las sequías intensas destruyen los cultivos agrícolas de subsistencia y alteran los regímenes de los ríos, reduciendo drásticamente la disponibilidad de peces tradicionales (Costa et al., 2024; Lozano Wong, 2025). Esto desencadena una crisis de inseguridad alimentaria. En el pasado, la pérdida de alimentos tradicionales obligó a cambios forzados en la dieta, lo que generó diarreas, trastornos estomacales y sensación colectiva de tristeza (Lozano Wong, 2025). La inestabilidad estacional desajusta los ciclos de floración y fructificación de plantas esenciales del bosque, como el aguaje, el pijuayo, el humarí y el camu camu, lo que reduce una fuente vital de energía y nutrientes para humanos y animales (Lozano Wong, 2025). Estas deficiencias nutricionales provocan un aumento de la desnutrición crónica infantil y anemia, lo que disminuye la capacidad inmunológica de los niños para resistir infecciones respiratorias y diarreicas (Lozano Wong, 2025).
Las sequías también afectan a la fauna fluvial. Los cambios drásticos en los niveles de los ríos alteran los ciclos reproductivos de los peces y destruyen sus hábitats tradicionales. Las especies clave se vuelven sumamente difíciles de capturar. Además, durante las sequías extremas, las lagunas («cochas») se aíslan, disminuyendo el oxígeno y calentando el agua por encima de los 40 °C, lo que provoca la muerte masiva de fauna acuática (Costa et al., 2024; Lozano Wong, 2025). En 2023, cientos de mamíferos (por ejemplo, delfines de río) murieron debido al aumento de la temperatura del agua y la disminución de la concentración de oxígeno (Costa et al., 2024). Las sequías también tienen efectos duraderos en la fauna acuática, como los cambios en la composición de especies y tipos funcionales, como los observados en el evento de 2005 que todavía sigue teniendo impactos después de más de 10 años (Costa et al., 2024).
La escasez de combustible.
El acceso a la energía en los hogares amazónicos y en las instalaciones públicas muestra una dependencia directa de las condiciones fluviales reguladas por El Niño. La gran mayoría de los hogares de las zonas más remotas de la selva depende de un combustible que se entrega exclusivamente por vía fluvial. Al bajar los ríos durante las sequías de El Niño, el transporte de combustible se paraliza o se ve drásticamente restringido (Costa et al., 2024). Los barcos que transportan a todas las personas y productos dependen del combustible, que escasea y se ha vuelto mucho más caro, lo que encarece en cascada todos los productos. La falta de combustible para los generadores provoca cortes de energía eléctrica de varias horas diarias.
Este desabastecimiento energético por falta de combustible genera un impacto en cadena, paralizando el funcionamiento de servicios esenciales para la población, como el frío para conservar vacunas y la operatividad de los centros de salud y escuelas (Costa et al., 2024). Para las poblaciones amazónicas, El Niño no representa únicamente una fluctuación climática, sino una amenaza directa que encarece la vida, corta las vías de acceso a los recursos indispensables para la subsistencia, deteriora la nutrición y paraliza la infraestructura social básica. Todos estos impactos afectan profundamente la economía de la Amazonía, no solo la economía de subsistencia sino también aquellos emprendimientos más consolidados y ya conectados con los mercados.
Los riesgos para los Pueblos Indígenas en Aislamiento y Contacto Inicial (PIACI).
Dado que estos pueblos dependen estrechamente del equilibrio ecológico del bosque húmedo tropical para su subsistencia diaria, las anomalías extremas generadas por el fenómeno El Niño representan una amenaza directa y devastadora para su supervivencia física y cultural (Espinosa et al., 2014; Lozano Wong, 2025). Durante los periodos de sequía prolongada provocados por el fenómeno de El Niño, los PIACI se ven obligados a ampliar sus áreas de recolección, caza y pesca debido a la escasez de recursos en sus territorios habituales (Costa et al., 2024). El Niño incrementa las tasas de mortalidad de peces y mamíferos terrestres clave para la pesca y la caza de subsistencia. Esta movilización forzada, agravada por las condiciones climáticas extremas, los desplaza hacia zonas con mayor presencia de terceros, lo que incrementa peligrosamente su exposición a contactos no deseados (Espinosa et al., 2014).
Esta situación eleva drásticamente los riesgos de contagio de enfermedades frente a las cuales los PIACI carecen de defensas inmunológicas, lo que puede desencadenar crisis sanitarias devastadoras. Los pueblos aislados y de contacto inicial presentan una alta vulnerabilidad inmunológica frente a enfermedades externas (Lozano Wong, 2025). Asimismo, la presión por el acceso a recursos naturales escasos incrementa la probabilidad de enfrentamientos violentos, exacerbando la vulnerabilidad de estos pueblos ante una crisis climática (Espinosa et al., 2014). Esto eleva de manera crítica la probabilidad de contactos no deseados, encuentros hostiles o violentos con agentes externos, y la introducción de virus infecciosos altamente peligrosos para su salud comunitaria (Espinosa et al., 2014).
El impacto en la biodiversidad.
Las sequías extremas inducidas por El Niño tienen a la mortalidad de los árboles, como respuesta ecológica más consistente (Costa et al., 2024). Los árboles más grandes y expuestos al aire seco y los árboles más jóvenes de raíces poco profundas son los primeros en morir. Cambiando la estructura de los bosques, haciendo que tiendan a ser dominados por un número menor de especies, de menor estatura y mayor resistencia hidráulica, perdiendo la composición original de especies intolerantes al déficit hídrico. Debido a la elevada mortalidad de árboles y al menor crecimiento vegetativo tras los periodos de El Niño de 2009-2010 y 2015-2016, la capacidad de la selva para actuar como sumidero natural de carbono cayó prácticamente a cero, lo que aceleró el calentamiento atmosférico (Costa et al., 2024).
Al igual que hemos visto en la costa, el fenómeno de El Niño trae a la Amazonía una elevada mortalidad masiva de mamíferos acuáticos y peces. Las causas son la extrema y rápida disminución de los caudales, la alta radiación solar y el desplome en la concentración de oxígeno (Costa et al., 2024). Como se ha dicho, estos impactos son extremadamente duraderos. Adicionalmente, los cambios en el régimen y la temporalidad del agua destruyen los hábitats de desove de especies de alta importancia ecológica y comercial (Lozano Wong, 2025). Pero también se disparan las tasas de mortalidad de mamíferos terrestres de gran tamaño que regulan y dispersan la diversidad de la flora en la selva, tales como el pecarí de labios blancos, el pecarí de collar, el venado colorado, el majaz, la paca, el oso hormiguero gigante y el armadillo de nueve bandas (Costa et al., 2024). Asimismo, la escasez hídrica genera estrés fisiológico en la fauna arbórea (como los monos), lo que reduce su tiempo de alimentación y disminuye la disponibilidad de alimento para los animales frugívoros debido a la falta de frutos en el dosel (Costa et al., 2024). Finalmente, los incendios forestales, incrementados por el fenómeno de El Niño, además de destruir el hábitat de las especies de flora y fauna ya mencionadas, también provocan la migración forzosa de la fauna silvestre. Por ejemplo, análisis en áreas de preservación de la biodiversidad documentan que especies de aves tropicales amenazadas han perdido entre el 50% y el 83% de sus áreas de hábitat natural debido a la devastación por incendios (Samamé Saavedra, 2023).
El hombro a hombro de todos.
Los riesgos del fenómeno de El Niño en la Amazonía requieren prevención, respuesta y recuperación oportuna. Si bien el tiempo es corto, aún se pueden tomar algunas medidas de prevención, tales como: fortalecer el monitoreo meteorológico, de focos de calor y de incendios forestales, tanto de manera satelital como desde el territorio, fortalecer las redes de salud intercultural para atender las emergencias que están por venir, así como capacitar y dotar de implementos a cuadrillas de respuesta a los incendios forestales, dispersas en lo largo de las zonas con mayor riesgos de ocurrencia de incendios. También, son muy urgentes acciones orientadas a mantener la operatividad de los servicios básicos (salud, conservación de vacunas, escuelas) frente a la escasez de combustible y energía, que paraliza la infraestructura social durante las sequías.
Asimismo, debemos prevenir el desabastecimiento, especialmente de alimentos y combustibles, identificando fuentes alternativas para garantizar la seguridad alimentaria y energética. El uso de energías renovables para las actividades productivas y de transporte se vuelve hoy no solo estratégico, sino también urgente. Asimismo, es necesario implementar un sistema logístico de respuesta rápida que garantice el abastecimiento oportuno de agua, alimentos y medicamentos priorizando las zonas de mayor vulnerabilidad. Posteriormente, en la fase de recuperación se requerirá apoyo al sector agrícola, forestal y turístico amazónico, para brindar asistencia financiera y técnica directa a los que resulten afectados por los eventos climáticos. De no hacerlo, las poblaciones amazónicas pauperizadas serán aun más vulnerables a las economías ilegales.
Los pueblos indígenas y sus organizaciones, como AIDESEP, cuentan con sistemas de alerta temprana construidos para proteger sus territorios y capaces de alertar sobre los impactos más graves del fenómeno de El Niño, así como sobre las necesidades más urgentes que se presenten en el territorio. Pero a la vez, estas mismas organizaciones cuentan con redes capaces de brindar, como ya lo han demostrado en el pasado durante el Covid, una plataforma de atención a las comunidades más vulnerables y lejanas. Asimismo, hay experiencias como PAAMARI, de manejo integrado del fuego, que, desde las comunidades asháninkas del río Ene, previenen, monitorean y responden a los incendios forestales. Asimismo, FENAMAD, ORPIO y ORAU cuentan con capacidades para continuar protegiendo de manera efectiva a los PIACI en esta coyuntura de emergencia, en la que estos se verán más expuestos. Estos son solo unos ejemplos.
La sociedad civil también cuenta con capacidades que pueden contribuir a hacer frente rápidamente a la emergencia de El Niño. Por ejemplo, la sociedad civil cuenta con conocimiento e información muy útiles, tanto desde los ríos, sobre los peces migratorios (WCS), como desde los cielos, con imágenes satelitales sobre los incendios forestales (ACCA), así como desde el mismo bosque con una amplia red de áreas de conservación privada. Con ellos se puede contribuir a la respuesta para reducir los impactos en la seguridad alimentaria, mejorar la respuesta ante los incendios y activar medidas de recuperación posfenómeno de El Niño. Asimismo, ante la escasez de combustible, se han planteado opciones de energía sostenible adaptadas a contextos locales (DAR) que, ahora más que nunca, son una alternativa viable y sostenible al uso de combustibles de hidrocarburos para las actividades productivas y el futuro del transporte fluvial. La academia y las empresas pueden brindar más apoyo para la prevención, la respuesta y la recuperación.
En definitiva, la respuesta ante El Niño no puede seguir subestimando la profundidad de los riesgos en nuestra Amazonía. Este es un desafío que exige entender la Amazonía en su propia lógica. Enfrentar estos riesgos (sequías, incendios, etc.) es un imperativo de seguridad nacional que demanda, sin medias tintas, una convergencia real entre el gobierno, las organizaciones indígenas, la academia y la sociedad civil. Si realmente queremos pasar de la reacción tardía a la prevención oportuna, tenemos que actuar «hombro a hombro», sumando el conocimiento ancestral, la ciencia y la tecnología. Solo así, dejando de ver al Perú solo desde la costa, podremos construir la resiliencia que nuestra Amazonía (y nuestro futuro como país) exige hoy con urgencia.
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